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Biografía de Santa Teresa de Jesús

“Fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz”

Imagen de Santa Teresa en la Catedral de Ávila | Foto: David Fernández

Así definía Filippo Sega, el nuncio papal en España, a Santa Teresa en 1578. Son algunos atributos que ayudan a entender la vida compleja de esta mujer valiente que fue capaz de renovar una orden religiosa en pleno siglo XVI, cuando el poder femenino era muy límitado.

Teresa Sánchez de Cepeda y de Ahumada, Santa Teresa, nació el 28 de marzo de 1515 en Ávila, aunque algunos discuten este hecho, pero la opinión mayoritaria es que la ciudad amurallada acogió el alumbramiento de la religiosa. Un nacimiento discutido para una mujer puesta en duda por sus contemporáneos, pero a la que se ha ido reconociendo el halo especial que la envolvió en su vida. Luchadora, inteligente, espiritual, emprendedora… son algunos calificativos que sólo sirven para reducir la complejidad de Teresa, la primera doctora de la Iglesia Católica, una institución que no se caracteriza por encumbrar a las mujeres a ningún puesto relevante.

Detrás de todo santo hay una biografía rica y compleja, como la de cualquier persona que haya tenido que atravesar las vicisitudes de su momento histórico. Y Santa Teresa no es una excepción. Su familia, por parte paterna, era de ascendencia judía conversa y su madre, Beatriz de Ahumada, era la segunda mujer de su padre, Alonso Sánchez de Cepeda. Beatriz vivió pocos años, hasta los 33 de edad, y dejó huérfana a Teresa con 13 años, pero con ocho hermanos, que se sumaban a los tres del matrimonio anterior. En total, Teresa tuvo 11 hermanos.

Desde muy pequeña, Teresa se interesó por la lectura y los libros. Primero los de los santos, que estimularon la imaginación de la religiosa y la llevaron, junto con sus primos, a escaparse para llegar a tierras de moros e intentar sufrir el martirio. Quería gozar de la proximidad con Dios demasiado pronto. Eso sí, Teresa y sus primos fueron descubiertos y devueltos a su Ávila natal, tras el correspondiente susto de sus padres. Después, los libros de caballerías también causaron honda impresión en Teresa, que aprendió en ellos el arte del galanteo cuando llegó a la adolescencia. Lo puso en práctica con sus primos y su padre, que veía que la niña se le perdía, decidió llevarla a las Agustinas de Gracia. Es entonces cuando Teresa empieza a sentir la llamada religiosa, pero su padre se opone a que ingrese como monja.

Teresa no fue una mujer sumisa como nos pinta la historia oficial del género femenino en los siglos XV y XVI. Sin duda, la religiosa fue hija de su tiempo y era consciente del papel que la mujer jugaba en la sociedad postmedieval, pero no es menos cierto que Teresa era una inconformista que, cuando veía el camino claro, no dudaba en enfrentarse a quien hiciese falta. Por eso, en 1535 huye de casa de su padre e ingresa en el Convento de la Encarnación de Ávila. En él se mantuvo 27 años profesando la regla de las carmelitas calzadas.

Entre 1533 y 1539, Teresa sufre una enfermedad que llega a postrarla en cama e incluso hace que le den por muerta. Los especialistas médicos que han estudiado sus textos con posterioridad han concluido que fue una catalepsia, ya que cuando se disponían a enterrar su cuerpo, Teresa despertó. Sobre la enfermedad no hay acuerdo, la opinión común es que se trataba de epilepsia y que los éxtasis y visiones posteriores provendrían de la misma. En cualquier caso, esta enfermedad la dejó postrada en la cama durante dos años, casi paralítica. Hasta que recupera la movilidad en su cuerpo. Teresa achaca esta mejoría a San José, santo que fue su preferido hasta su muerte y que dio nombre a la primera de sus fundaciones.

El punto de inflexión

En 1556, cuando ya lleva varios años de monja carmelita, Teresa comienza a verse impelida para adoptar una vida más piadosa de oración. Entre 1557 y 1560 tiene sus primeros éxtasis y oye palabras sobrenaturales. En 1558 sufre su primer “rapto” (místico) y la visión del infierno. En 1560 se hace la firme promesa de aspirar siempre a la perfección espiritual y religiosa. Este es el momento en que empieza a concebir la idea de reformar la orden carmelita para volver a la regla estricta del Carmelo.

Santa Teresa era una monja carmelita calzada, una congregación que seguía la regla del Carmelo mitigada por el papa Eugenio IV en 1432. La clausura, la abstinencia en los alimentos y el rezo continuo se realizaban por las carmelitas calzadas, pero de forma muy ligera e interrumpida en muchas ocasiones. Teresa quería retornar a la regla original, puesto que la consideraba básica para elevar el espíritu: oración, ayuno, pobreza, silencio y descalzarse. El 13 de julio de 1563, Teresa se “descalza”, cambiando sus zapatos por unas alpargatas de esparto, en la Basílica de San Vicente. Antes, el 24 de agosto de 1562, ha logrado levantar su primer convento, el de San José de Ávila, con la bula del Papa Pío IV. Y San Juan de la Cruz se incorpora a la reforma en 1567, lo que le da un impulso creciente a la nueva regla más estricta entre los frailes carmelitanos.

La labor fundacional

Que una mujer revolucionase toda una orden religiosa en el siglo XVI no era normal. Y, sin embargo, ahí estaba Teresa para ser la excepción. Poner en marcha San José le costó lo suyo, sobre todo peleas y pleitos con el cabildo de Ávila, y sólo gracias al dinero que su hermano le mandó desde América, y el de don Álvaro de Mendoza, consiguió comprar varias casas viejas en Ávila para construir el convento (san Pedro de Alcántara también sería un gran apoyo). Con bula papal y todo, la fundación del primer centro de descalzas generó tanta polémica que Teresa tuvo que volver al Convento de la Encarnación y, cuando pasó el ruido, se integró en la vida austera, sencilla y contemplativa de San José como una más, sin ser superior a nadie. Allí estuvo cuatro años.

Fachada de la iglesia y el convento de San José de Ávila, la primera fundación de Santa Teresa | Foto: David Fernández

Fachada de la iglesia y el convento de San José de Ávila, la primera fundación de Santa Teresa | Foto: David Fernández

Después de eso, gracias a la patente superior del Carmelo del 27 de abril de 1567, se concede a Teresa la autorización para fundar conventos femeninos de religiosas descalzas. Así, entre 1567 y 1582, Santa Teresa se recorre España para ir abriendo diferentes sedes de la orden: Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Granada y Burgos. Entre medias se dan diversas prohibiciones para que siga inaugurando conventos y se producen luchas y rencillas entre carmelitas calzados y descalzos. Joseph Pérez, un estudioso de la religiosa, ha señalado que la mayoría de fundaciones se sitúan en regiones que concentran la riqueza del reino de Castilla, agrícolas, educativas y administrativas.

Las diferentes fundaciones no eran automáticas y Santa Teresa no siempre era bien recibida en todas partes. A lo largo de su vida sufrió diferentes denuncias de personas, frailes y monjas, que habían profesado con los descalzos, pero que salieron de la orden. En 1578, Filippo Sega, el nuncio papal en España, dijo que Teresa era “una fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz”. Antes, entre 1575 y 1577, Teresa pone en manos del Rey la prohibición de que no pudiese fundar más conventos, obligada por su superior en la Orden Carmelitana. Son dos escenas para comprender hasta qué punto esta mujer estaba convencida de su trabajo y de la necesidad del mismo. La Inquisición también le abrió un expediente por la denuncia de un confesor y sólo pudo probar su inocencia.

Desde ese momento, las presiones y las descalificaciones serían continuas. Y más tras ser azuzadas por el enfrentamiento entre calzados y descalzos. A pesar de ello, sigue fundando conventos. Santa Teresa muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582, en pleno viaje por algunos de sus conventos, aun estando enferma. Hacía pocos días que en Granada se había abierto el último centro religioso de descalzas en vida de la religiosa.

Fama y desatino

Lo que se hizo posteriormente con el cuerpo de Santa Teresa es de película de miedo e incluso irrespetuoso. Pero antes, con la muerte de Teresa, el rey Felipe II se encargó de que los manuscritos de los libros escritos por la religiosa (El libro de la vida, El libro de las fundaciones y Las moradas) acabasen en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial. Por su lado, María de Austria, la hermana del rey, pide que se impriman, con lo que comienza la difusión de su obra, que se encarga a fray Luis de León.

Nueve meses después del fallecimiento de Teresa se abre el ataúd en Alba de Tormes y se encuentra el cuerpo entero, con los vestidos podridos. En ese momento se le secciona un brazo (el famoso “brazo incorrupto de Santa Teresa”), del que también se corta el dedo meñique… Los descalzos deciden en 1585 que el cuerpo debe reposar en el Convento de San José de Ávila y lo llevan allí un sábado casi en secreto. Cuando el duque de Alba se entera, protesta ante Roma y consigue recuperarlo para la ciudad del Tormes. En noviembre de 1585 se vuelve a exhumar y se traslada a Ávila, pero, eso sí, dejando en Alba de Tormes otro brazo. Por fin, el papa decide en 1586 que vuelva a Alba de Tormes.

Santa Teresa fue Beatificada en 1614 por Paulo V, elevada a santa por Gregorio XV en 1622 y en 1970 se convirtió en doctora de la Iglesia, junto a Catalina de Siena, bajo el pontificado de Pablo VI. Además, Santa Teresa es doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca y patrona de los escritores.

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