Praga es una bella extranjera

El libro ‘La bella extranjera’ recorre una Praga variopinta, contradictoria y poco conocida por el público español, a pesar de ser una de las capitales europeas más visitadas.
Vista de la ciudad de Praga y de sus diversos puentes | Foto: Libor Sváček para la Oficina de Turismo de República Checa
Vista de la ciudad de Praga y de sus diversos puentes | Foto: Libor Sváček para la Oficina de Turismo de República Checa

Hace poco, mi amiga Cristina me decía que cuando viajó a Praga se dio cuenta de lo poco que sabíamos en España de aquella ciudad. Y creo que tiene razón. Al margen de algunos episodios y nombres concretos, no tenemos mucha idea de la actual Chequia; en general, de todo el Este de Europa. La bella extranjera (Báltica Editorial, 2021), de la escritora, traductora y periodista Monika Zgustova, es un bello e intenso intento por tender puentes entre ambos países.

El subtítulo de este pequeño gran libro, “Praga y el desarraigo”, hace referencia al pilar sobre el que se construye el relato, que también vertebra, sostiene la autora, muchas características de los checos. Zgustova explora la pérdida de referencias y de raíces que generaron la caída del Imperio Austro-Húngaro, las dos Guerras Mundiales, el periodo comunista y revoluciones como la de 1968, y sus consecuencias en las personas y en las sociedades marcadas desde antiguo por una interculturalidad evidente y cotidiana, aunque vivida de diferentes maneras según cada periodo histórico; entre las positivas, la arquitectura y la literatura, prolífica, variada y en distintos estilos e idiomas; y entre las negativas, claro, persecuciones religiosas e ideológicas, emigración, exilio interior, surgimiento de nacionalismos redentores, etcétera.

En la disección del desarraigo, la reflexión sobre la memoria (personal y colectiva, civil y gubernamental) cobra una gran importancia. Zgustova entiende que esa memoria forma parte de la identidad europea y argumenta que la preocupación por el recuerdo ha seguido diferentes caminos a nivel continental: frente a la obsesión por ella entre los europeos del Este, que la sienten arrebatada por décadas de totalitarismos comunistas, la idea que en el Oeste se tiene, dice la autora, de que ese esfuerzo por entender el pasado es estéril e innecesario. “Las comunidades más felices son aquellas que no tienen necesidad de una referencia histórica”, sostiene un profesor sueco citado en el capítulo sobre “Europa y el olvido”.

A estas alturas del siglo XXI, quizá merecería la pena que el profesor debatiera también sobre el significado de la felicidad, sus aplicaciones prácticas y los intereses creados que hay detrás del olvido, no sólo de la Historia, sino de las Humanidades en general, tanto en el debate público como en la educación reglada, siempre dependiente de las élites dominantes. Como demuestra La bella extranjera, para una comprensión más amplia y completa del hoy y de nosotros mismos, hace falta remontarse mucho más atrás y leer transversalmente, como plantea su autora, incluso para saber qué ver en Praga.

El desarraigo y la búsqueda de la identidad fueron fundamentales en la vida y en la obra de los artistas checos. Las referencias con las que Zgustova enriquece su ensayo dan fe de cómo una misma circunstancia, por ejemplo, el exilio, puede provocar reacciones de todo tipo: desde la simbiosis con una segunda lengua a la hora de escribir, como en el caso de Kundera, hasta la nostalgia persistente por regresar a un hogar que ya no existe. Entre las figuras mencionadas, brillan con luz propia tres mujeres en las que, estoy segura, merece la pena profundizar: Marie Cermínová, “Toyen”, nacida de una pompa de jabón; Radka Denemarková, para quien “sólo la Literatura es capaz de decir toda la verdad sobre la Historia”, y Milena Jesenská, que mantuvo con Kafka “una de las más bellas correspondencias amorosas de todos los tiempos” (que bien podría estar en la compilación epistolar de Ángeles Caso, Quiero escribir esta noche una carta de amor). Sus historias de desarraigo tienen también un fuerte componente de talento y resistencia, y encarnan historias de un amor tan heterodoxo como sólo puede serlo la vida real, marcadas por las tensiones internas y externas del momento que les tocó vivir.

La esbelta, delicada y coqueta apariencia de La bella extranjera esconde un interior variado y profundo, no sólo por sus planteamientos explícitos, sino porque también abre caminos hacia las obras de esos artistas checos. Me gustan los libros que no se agotan en sí mismos y que, además, nos invitan a extrañarnos de nosotros y de nuestro entorno, para, en el reflejo que producen, preguntarnos sobre aquello que nos parece evidente, natural o indudable.

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