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Bolonia: capital del saber

Otra vista de la ciudad de Bolonia | Foto: Comune de Bolonia
Pedro Grifol
agosto 2014

Bolonia (Italia) es conocida por su historia cultural, gastronómica y artística. La ciudad se puede conocer en un día, pero es indispensable usar varias jornadas para empaparse de los alrededores, con el municipio de Ferrara a tiro de piedra.

Bolonia… la dotta, la rossa, la grassa…

Bolonia la docta; por los novecientos años que lleva despachando doctores por todo el mundo desde la más antigua universidad de Europa. También la biblioteca más importante de Italia se encuentra en su regio edificio universitario: el Archiginnasio, un sorprendente palacio del siglo XVI en el que se encuentra el célebre Teatro Anatómico, el aula para la disección de cuerpos de la Facultad de Medicina, construido enteramente en madera y joya arquitectónica del Seicento.

Bolonia, la roja; por el color de sus tejados, por los tendales que cubren sus terrazas y ventanas, por los rojos ladrillos de sus 20 torres defensivas que aún quedan en pie (de las más de cien que dicen que hubo), y… ¿por qué no decirlo?: por su tradicional ideología política de izquierdas.

Bolonia, la gorda; porque inventó los más afamados productos gastronómicos conocidos en todo el mundo. Capital de la pasta fresca, de la salsa boloñesa; territorio del queso parmesano y cuna de la mortadela.

Bolonia, la porticada; por sus 40 kilómetros de galerías cubiertas, que soportan palacetes a partir de su entresuelo. Arcadas altas con techos que debían tener la altura suficiente para que pudiese atravesarlos un caballero a caballo. La ciudad con más soportales del mundo, en la que (en la práctica) sus habitantes no necesitan usar paraguas porque pueden pasear ajenos a las inclemencias del tiempo.

Bolonia, la de las clásicas “osterie”, que dan vida al viejo centro histórico, típicos restaurantes de comida casera, abundante, conscientemente antitética versus la horripilante invasora fast food. Casas de comida frecuentadas por estudiantes debido a su precio moderado, por su carácter informal y por su sabor auténtico. Allí se bebe, se come, se canta y “se hacen amistades”. La gran hostería ubicada en los bajos del Palacio Bentivoglio, convertido en un chill out con grupo de jazz en vivo, es el testimonio de una ciudad que vive el día y la noche, derrochando energía como pocas ciudades de la vieja Europa.

Bolonia, la de los canales subterráneos. Porque, al igual que Paris, Viena o Berlín, una visita guiada (de la mano del excelso poeta Dante) por su alcantarillado es una experiencia que pueden vivir algunos freaks del turismo, porque también es cultura y porque, además, ¡hay gente para todos los gustos!

Bolonia, la ciudad donde surgieron y surgen las más pintorescas asociaciones: Amigos de las Campanas, Amantes de la Pasta (Club de Apostoli Tagliatella), de la Música Hebrea, Club de Restauradores de Películas Antiguas, Asociación de Acciones para la Sociedad…

Bolonia, la de los peculiares museos (¡la de los museos gratis!) nacidos con el deseo de conservar el patrimonio artesanal y la historia del progreso de la humanidad. Más de 40 museos y colecciones privadas de lo más variopinto: Museo de la Tapicería, Museo de la Cultura Campesina, Museo de los aparatos para la Observación Astronómica, Museo de Física y Química, Museo del Patrimonio Industrial, Museo de la Ocarina, Museo de la Paz, Museo Marconi, porque Bolonia fue también la cuna del padre de la comunicación: Guillermo Marconi; y Museo de la Comunicación. Algunos se visitan solo con cita previa.

Mil voces… Mil sonidos

También: Bolonia, “la eléctrica”; porque aquí han tenido lugar los más relevantes experimentos sobre las comunicaciones, culminando las investigaciones con la sensacional invención del boloñes Guillermo Marconi: el telégrafo sin hilos, es decir, la radiocomunicación. El Observatorio de la calle Zamboni fue el primero en Europa en efectuar el experimento sugerido por Franklin para demostrar la naturaleza eléctrica de los rayos. Un siglo antes que Marconi, otro prócer boloñés: Luigi Galvani, descubrió las propiedades eléctricas en la sensibilidad nerviosa en el organismo de los seres vivos con el pintoresco experimento conocido como “el chispazo de la rana”. Un monumento, en la plaza Galvani, conmemora el descubrimiento.

La fascinante historia de los medios de comunicación, sus orígenes y desarrollo a través de los siglos, pueden verse y escuchase a través de las más de dos mil piezas expuestas (y en funcionamiento) que ha recopilado y clasificado un mago de la radio: el cavalier Giovanni Pelagalli, que ha invertido su vida para mostrarnos y deleitarnos con una excelente exposición que testimonia la evolución de la fonografía, el cine y la música en el Museo de la Comunicación.

La prehistoria y la historia de la radio, desde el cilindro de estaño de Edison hasta instrumentos de comunicación vía satélite; el desarrollo de la televisión a partir de sus albores en 1925. Desde la linterna mágica hasta el home cinema, con los aparatos originales inventados por los Hermanos Lumière. Desde el teléfono de manivela hasta los modernos Iphones; desde los complejos carillones y las máquinas musicales mecánicas con polichinelas y bailarinas giratorios del Ochocientos hasta los juke boxes con su fantástica música “a colores” (y a monedas) de las rock-ola que sonaban en los bares de los años cincuenta.

Y discos, miles de discos, la historia de la canción napolitana, de la ópera, del jazz, del rock’n’roll.

Un museo a descubrir no solo por los turistas, sino también muy recomendable para educadores, ya que la cultura no ocupa lugar y nos convendría saber a todos cómo funciona un teléfono móvil. Todo empezó cuando el sabio Taleto (en la Grecia de Pericles) frotando un ámbar en una piel de cabra descubrió que el mineral se imantaba. “Ámbar” en griego se dice “electros”. Curiosidades de la ciencia.

Sin duda un museo único en el mundo que ha sido considerado en el 2007 como “Patrimonio de la UNESCO para la Cultura de la Paz”. Y todo esto “se viaja” sin agobios, sin esas nubes de turistas que invaden los centros históricos de las principales ciudades italianas, porque Bolonia (aunque “principal”) está un poco olvidada por los touroperadores que mueven el turismo de masas; ese turismo de etapas forzadas y horarios inhumanos. ¡Mejor! Hacer turismo, a veces, tiene sus ventajas.

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