Sin cisnes en Venecia

El libro ‘Cinco horas en Venecia’ nos muestra una Venecia diferente a la que persigue el turista y que está al alcance de cualquiera con un mínimo de sensibilidad.
Reseña de 'Cinco horas en Venecia'

Empecé a pasear por Venecia con Miquel Molina por casualidad, gracias a sus Cinco horas en Venecia (Editorial Catedral, 2020), y cuando dejé de hacerlo, me di cuenta de que lo echaba de menos. No le conozco de nada y de mi último viaje a Venecia guardo un recuerdo agridulce, pero su deambular nocturno sin cámaras de fotos ni Google Maps, ni compañía salvo la de dos guías antiguas de segunda mano y una lista musical, fue, como se suele decir, un bálsamo para los sentidos. No esperaba, sinceramente, que este librito coqueto editado por Catedral creara una burbuja de sensaciones tan atractiva; tampoco, que mi cuerpo y mi mente lo fueran a disfrutar -a necesitar- tanto. Pero a veces, con los libros pasa como con las fiestas improvisadas: cuanto menos lo planeas, más disfrutas.

Así que ahora no me queda otra que recomendar a cualquier espíritu sensible, que se atreva a encontrar los “tesoros de uso personal e intransferible” que Molina encuentra mientras trata de localizar, “sin norte ni móvil,” los fantasmas de Byron, Liszt, Wanger, Giordano Bruno o Stravinski en los cementerios, palacios, plazas y callejones alejados de los sitios que ver en Venecia presentes en todas las listas de Internet: un cara a cara sin prisas en toda regla.

Sin dejar de considerarse un turista en Venecia, Molina pasea y desmenuza anécdotas románticas y artísticas a ritmo de jazz; el ambiente húmedo y silencioso de la Venecia real resuena en cada página, en ocasiones salpimentado por el trajinar de las zonas más populares. Creo hasta se puede escuchar el sonido de las aguas de la laguna y de los canales, el eco de los pasos sobre los puentes vacíos, el de los programas de televisión de los bloques de vecinos… Yo he recordado la emoción del primer viaje a Venecia, estudiantil y fresco; el asombro ante las multitudes de la Plaza de San Marcos y el asombro de la realidad cotidiana de Fondamenta Cannaregio en el segundo. Reconozco que en ninguna ocasión me fijé en si Venecia tiene estrellas, pero quizá algún día vuelva para comprobarlo por mi misma, aunque me fío de Chéjov y de Molina. Porque, aunque nos parezca mentira, sí se puede redescubrir Venecia. Y quien dice Venecia, dice cualquier otra ciudad (¿qué pasaría con Roma o con París?). Todo depende de la mirada y de la capacidad de asombro, de la experiencia y de las necesidades de quien la visita: ni nos bañamos dos veces en el mismo río ni somos los mismos entre chapuzón y chapuzón ni la razón por la que nos mojamos es invariable. Las lecturas, la banda sonora y las guías de viaje de cabecera también importan, no nos engañemos. Yo ya estoy buscando la de Jan Morris, aunque me encantaría localizar otra como la de John Wall porque creo que además de orientarnos por los sitios que ver en Venecia, nos ayudan a viajar en el tiempo y tener una perspectiva más amplia de los sitios, de los seres humanos, de nosotros mismos.

No hay cisnes en Venecia, pero sí rincones y anécdotas que aproximan y concretan los grandes temas universales: el amor, el fracaso, la fama, el partido de fútbol de los ochos años, la lujuria, el olvido, el talento, el carrito de la compra, la belleza y la enfermedad, la vacuidad, la ilusión del primerizo, la instantaneidad… El Juicio final de Tintoretto es el remate ideal para un paseo incitado por una boda, pero cuajado de fallecimientos… Pensándolo un poco, parece como si Molina se hubiera propuesto darle la vuelta a la famosa película Cuatro bodas y un funeral, imbuido por una gran melancolía veneciana, pero sin caer en la desesperanza o el cinismo.

Los vuelos baratos a Venecia volverán. Si nosotros lo hacemos también, que sea con la sana y noble intención de encontrar nuestras centralidades simbólicas, algo mucho más divertido que seguir los listados de Internet. No sé si es el consuelo en el que nos amparamos del paso del tiempo o la convicción de quien se siente más viva y capaz a medida que cumple años pero es lo que a mi y ahora me sirve después de releer (sí, re-) Cinco horas en Venecia.

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