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La memoria de los vivos, de Phil Camino

La memoria de los vivos, herencia de los muertos

Beatriz de Lucas Luengo
2 octubre 2019, 8:00 CEST

‘La memoria de los vivos’, de Phil Camino, retrata el auge y caída de una saga familiar de indianos y plantea cuestiones sobre las herencias familiares, sentimentales y materiales.

La memoria de los vivos, de Phil Camino

La cuarta novela de la editora y librera Phil Camino, La memoria de los vivos (Galaxia Gutenberg, 2019), es un repaso a la emigración española en América y a su árbol genealógico, pues a través de sus páginas se recrean las andanzas de dos de sus antepasados, Ángel Trápaga y los hermanos Myagh, jóvenes hambrientos y necesitados de fortuna que hicieron realidad el “sueño americano”, construyendo dos imperios familiares que terminarían confluyendo en los años 20 del siglo pasado.

La prosa lenta, densa y bella de Camino desmenuza los azares de un viaje del que poco, o nada, podemos sospechar hoy, pero al que tanto deben muchas familias y localidades, especialmente españolas, dada la generosidad que muchos indianos mostraron con sus pueblos natales, especialmente en Asturias y Cantabria. Poco a poco, se desvelan las claves vitales de unas personas que se hicieron a sí mismas con tanto talento como dureza, y las de una etapa histórica llena de posibilidades para quien tuviera las agallas de pasar por encima de todo y de todos con tal de cumplir sus objetivos, que, tanto en el caso de Trápaga como en el de los Myagh eran “no volver a pasar hambre”, parafraseando a Escarlata Ohara, ni vergüenza de clase.

Los perfiles humanos de La memoria de los vivos están siempre pespunteados por detalles de época, desde la miseria del mundo rural europeo de finales del XIX hasta los vaivenes armados de México y Estados Unidos o los avances en materia de tecnología, comercio y recursos energéticos que desembocaron en las primeras extracciones petroleras.

Pero la reflexión que acompaña la lectura de La memoria de los vivos no acaba en la opulencia y el derroche al que, en apenas una generación, conducen las fortunas de los antepasados de Phil Camino. La “traca final”, el “rastro de confetis mojados y sucios” al que se refiere en la contraportada inducen a pensar en la gestión de los legados, tanto a nivel material como, sobre todo, en el personal, y en la ponderación de ambos; en la educación que recibimos y en la capacidad personal de modificar esos rasgos –culturales casi siempre- que nos inculcan nuestros mayores, casi siempre pensando en nuestro bien, aunque no siempre sea así necesariamente. Porque en el expolio de las dinastías poderosas y ricas influyen tanto las acciones y las inacciones de quienes las acuñan como las de quienes las reciben. Pero no siempre sabemos de dónde, de quiénes venimos. Y pocas veces los conocemos con perspectiva, con las sombras que siempre acompañan a las luces que solemos conceder a familiares y amigos. Pocos son los que consiguen marcar su propio ritmo, sacudirse el yugo de la inercia y marcar su propio paso. Josefina es un buen ejemplo de esa excepcionalidad.

El viaje al pasado familiar de Phil Camino es una aventura entretenida y estéticamente bella pero también una invitación indirecta a preguntarnos cuál es nuestra herencia y cuánto tenemos en nuestra mano para dilapidarla o traspasarla, mejorándola en lo que podamos, a quienes vienen por detrás. En la búsqueda del equilibrio transcurre gran parte de esta aventura que es la existencia.

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