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El ejército de Dios, de Sebastián Roa

La lucha contra un fanatismo que no ha cambiado tanto

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13 abril 2015, 11:03 CEST

La batalla de Alarcos, y la posterior de las Navas de Tolosa, fueron el principio del fin de la dominación musulmana en la Península ibérica. Esta extensa novela de Sebastián Roa cuenta los entresijos de los reinos medievales para expulsar a los almohades.

Miniatura del rey Alfonso VIII de Castilla y la reina Leonor de Plantajenet en el 'Tumbo menor de Castilla'

Miniatura del rey Alfonso VIII de Castilla y la reina Leonor de Plantajenet en el ‘Tumbo menor de Castilla’

La novela histórica ha vuelto a florecer en el último decenio, aunque su recorrido viene de lejos y en España cuenta con prebostes como Benito Pérez Galdós, que relató una parte de la Historia moderna del país en sus Episodios nacionales. En la actualidad, nombres como el de Santiago Posteguillo son citados para demostrar que las letras hispanas siguen pariendo escritores especializados en este género. La novela El ejército de Dios (Ediciones B, 2015), de Sebastián Roa, podría integrarse dentro de este movimiento si no fuese porque abusa de la ficción. Hace unos meses, este medio asistió a un encuentro con el autor en el Museo Arqueológico Nacional, donde Roa reconoció que en sus novelas no duda en primar la creación literaria frente al hecho histórico, incluso retocando estos últimos. Es una postura respetable, si se es honesto reconociendo cuáles han sido las licencias que se han tomado, como hace Roa al final de su extenso libro. Comprendemos la necesidad de la inventiva literaria, pero nuestra opinión es que el desarrollo de este tipo de obras debe ceñirse escrupulosamente a los hechos históricos. Quizá el matiz se encuentre en el marketing editorial, que cataloga como histórica determinadas novelas que no alcanzan esta consideración.

El escritor aragonés se sumerge en un momento capital y poco conocido por los españoles y europeos: la Reconquista. En el siglo XII, la Península ibérica se encontraba dividida en dos mitades. Desde Toledo hacia el norte, los reinos cristianos se repartían diferentes dominios, guerreando entre ellos por distintas cuitas. De la ciudad imperial hacia el sur, el Imprerio almohade era el gran dominador, imponiendo una fe islámica férrea y fanática. La Reconquista es un periodo largo, de cerca de 800 años, que se inicia alrededor del año 750, cuando los visigodos que se alojaron tras la cornisa cantábrica empiezan a recuperar las tierras que los musulmanes les habían arrebatado decenios antes. Y el proceso finaliza en 1492, en el momento en que los Reyes Católicos desalojan a rey nazarí Boabdil de Granada. Sebastián Roa decide centrarse en un episodio clave: los años previos a la batalla de Alarcos (1195), perdida por el rey Alfonso VIII de Castilla.

La novela de Roa tiene mucho de ficción y la Historia pasa a un segundo plano. Debemos reconocer el trabajo de Roa, que se ha documentado de forma exhaustiva y hace una recreación exquisita del momento histórico y del contexto. Uno de los puntos positivos de la novela es que relata con precisión la forma de vida medieval en la Península. Sin embargo, la trama discurre lentamente hasta que, pasada la mitad del libro, empieza a descabalgarse y llega a la funesta batalla de Alarcos. En un libro de 800 páginas, la demora en estimular el ansia del lector por seguir avanzando puede ser imperdonable. Por otro lado, que la ficción predomine frente a los hechos históricos tiene algunos peligros, como la creación de personajes que acaban siendo estereotipos. Por ejemplo, Urraca López de Haro, la típica femme fatal que es capaz de todo por conseguir sus fines, o Pedro de Castro, el caballero-político enajenado, que acabará siendo uno de los más lúcidos de toda la novela. El problema y la polémica se plantean con el uso de personajes históricos, con vidas delimitadas y esclarecidas por la historiografía, para crear una imagen desligada de sus vicisitudes reales.

La novela histórica, aunque incorpore ficción, es un medio de comunicación y de enseñanza para quien la lee. Muy pocos lectores se pararán a comprobar hechos o datos y darán por verídico lo que encuentren en la obra. Por eso, no es raro que muchos se lleven la impresión de que Urraca López de Haro fue la mayor prostituta del reino de León en el siglo XII. Pero, desde el punto de vista histórico, ¿quién puede aseverar eso? Sebastián Roa es honesto, ya que al final de la novela incluye una nota aclaratoria sobre cuáles han sido las invenciones que ha incorporado a la misma. Sin embargo, el daño ya está hecho y, tras leer la novela y crear una opinión sobre cada uno de los personajes, es difícil desligarse de ese prejuicio.

Con todo, el libro de Roa plantea temas interesantes. Por ejemplo, el paralelismo que se puede establecer entre la radicalidad almohade y la actual amenaza del terrorismo de corte islámico para las sociedades occidentales. Desde luego, los momentos y el contexto histórico son diferentes, pero el fondo del asunto sigue siendo el mismo: la incapacidad del pensamiento islamista más radicalizado para aceptar que puedan existir sociedades y personas que piensen de manera diferente. Y la religión como excusa bastarda de los asesinatos en masa. Otra cuestión importante, y que se ha tratado poco fuera de los círculos académicos, es la vida y riqueza de Al-Andalus, que se intuye en el transcurso de la novela y que Roa insinúa muy bien. Buena muestra de esa cultura islámica racional que imperó en el sur de España se encuentra en los manuscritos de la época y en la arquitectura que preña la geografía del país mediterráneo.

En definitiva, El ejército de Dios es un libro entretenido, con respeto en general por la Historia, pero que peca en variadas, y quizá excesivas, ocasiones con licencias inadecuadas. No obstante, detrás se adivina la mano de un escritor que todavía tiene mucho potencial y que puede generar obras todavía más interesantes y con un desarrollo más trepidante. Incluso con una extensión por debajo de las 800 páginas.

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