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Lugar común la muerte, de Tomás Eloy Martínez

El resultado de lo extraordinario tras pasar por el tamiz de la memoria

“Lugar común la muerte” (Editorial Alfaguara, 2014) fotografía la memoria de personajes latinoamericanos conocidos. Con el relato de sus vidas personales, trufadas de momentos singulares y estrafalarios, Eloy consigue llevar lo mejor del “nuevo periodismo” al castellano.

Recuerdos, memoria y fotos | Foto: Pixabay

Recuerdos, memoria y fotos | Foto: Pixabay

A pesar del título poco sugerente, Tomás Eloy Martínez (1934-2010) usa el deceso de escritores latinoamericanos, artistas, políticos y personas comunes para recordarnos que la muerte nos iguala a todos, pero que los actos de nuestra vida son los que perduran y nos definen en la memoria de los demás. Y, como toda memoria que se precie, tamizada por las creencias y los prejuicios de quien la soporta, a los hechos verídicos se les añaden otros que no pasaron, que pudieron pasar o que deberían haber pasado. Y con ello, con una interpretación propia del “nuevo periodismo” en lengua castellana, Eloy teje un libro compuesto de semblanzas surrealistas, pero reales; atípicas, pero cotidianas en muchos casos.

Los personajes que radiografía Eloy no son desconocidos: el secretario del general Perón; Juan Manuel de Rosas, caudillo de la Confederación Argentina en el siglo XIX; el compositor, pianista y escritor uruguayo Felisberto Hernández; o el poeta venezolano Jose Antonio Ramos Sucre. Pura vida y cultura latinoamericana en breves, pero concisas y acertadas estampas, para tener una idea particular de lo que significaron personajes que en su momento fueron gigantes, pero que empequeñecen bajo la pluma de la cotidianeidad de Eloy.

Este libro se puede leer para disfrutar de los perfiles de sus protagonistas o para dejarse empapar por la literatura del autor. O para ambas cosas a la vez. La creación de la corriente del “nuevo periodismo” se adjudica a Truman Capote, Gay Talese o Tom Wolfe. Es difícil saber quién fue el padre de una forma de contar historias con un relato que baraja hechos verídicos perseguidos por el periodista, opiniones, invenciones y adjetivaciones para aportar riqueza y construir un relato literario, alejado del informe forense que persigue el periodismo clásico. Fuese quien fuese, es seguro que Eloy fue el introductor y el moldeador de su propio “nuevo periodismo” en lengua castellana y, concretamente, en Argentina. Sin desmerecer a Mario Vargas Llosa en Perú o a Octavio Paz en México y sin olvidar que Latinoamérica es un continente polimórfico y diferente en cada uno de sus rincones.

Casi tan interesante como los personajes que el periodista retrata en este libro es imaginarse la forma en que indagó y conoció los hechos que relata. A muchos los trató en vida, lo que le dio cierto acceso a sus curiosas vicisitudes. No todo lo que cuenta Eloy en Lugar común la muerte es real. Sin duda, para acomodar el relato de cada personaje hay situaciones inventadas y, haciendo uso del realismo mágico, también recurre a momentos que, sin ser impostados, sí resultan fantásticos. Aunque nada sobra y nada falta.

Mención especial merece la parte dedicada a las víctimas de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. A través de entrevistas personales con los habitantes de las dos ciudades japonesas, fragmentos de los comentarios de los pilotos del Enola Gay, avión desde el que se arrojaron los proyectiles, sus superiores y otras personas, Tomás Eloy construye el cuadro de la sinrazón, el abismo y la destrucción en la que cayeron personas de carne y hueso, como usted y como yo.

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