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Los secretos de la defensa de Madrid, de Manuel Chaves Nogales

La intrahistoria de una batalla desigual

Los entresijos de la batalla de Madrid, al inicio de la guerra civil española, fue contada con inigualable maestría por Manuel Chaves Nogales en este libro. Chaves responde a cómo se defendió la capital y quién fue el principal artífice de este milagro.

Bombardeo en la plaza de Antón Martín | Foto: Juan Pando Barrero, derechos para el Museo de Arte Reina Sofía

Bombardeo en la plaza de Antón Martín | Foto: Juan Pando Barrero, derechos para el Museo de Arte Reina Sofía

Libros sobre la batalla de Madrid durante la guerra civil hay muchos. El de Manuel Chaves Nogales tiene la viveza de la crónica periodística, por haber consultado y contrastado con las fuentes, y el temple de la contextualización al haber sido escrito con posterioridad a los hechos. Los secretos de la defensa de Madrid (Editorial Renacimiento, 2017) se introduce en la intrahistoria de la lucha para salvar la capital de la España republicana del azote de las fuerzas militares del general Francisco Franco.

Chaves Nogales, cuyos textos están siendo inteligente y sabiamente resucitados por diversas editoriales españolas, contó la primera batalla de Madrid, es decir, la que se produjo entre finales de 1936 y principios de 1937, en los momentos iniciales del golpe de Estado dado por diversos militares españoles, entre ellos el general Franco, que al fin de la guerra se constituiría como nuevo jefe del Estado.

Chaves dio voz al principal protagonista de esta defensa, el general Miaja, fiel al gobierno de la II República y sin cuya actuación la guerra habría acabado en 1936 o principios de 1937. Cuando el ejecutivo presidido por Largo Caballero vio las cosas difíciles en la capital, encomendó la defensa de la misma a Miaja y huyó hacia Valencia. El general, como relata periodísticamente Chaves, tuvo que organizar la defensa de la ciudad en una noche. Delante de él tenía a un ejército rebelde organizado, entrenado en las campañas del protectorado africano y con material bélico como para someter a un largo sitio a la ciudad. Miaja sólo contaba con algunos oficiales y los milicianos de partidos políticos y sindicatos, todos ellos antimilitaristas e indisciplinados.

El dicho castellano sostiene que “a la fuerza ahorcan” y por la necesidad de supervivencia, comunistas y anarquistas tuvieron que renunciar a sus postulados durante algunos meses. El partido comunista era el mejor organizado en el momento del estallido de la sublevación militar contra la República, y Miaja, un general conservador pero honesto, como le retrató Chaves, tuvo que apoyarse en ellos para sostener la defensa madrileña.

Con el pulso periodístico que le caracterizaba, Chaves relata día a día lo que sucede en la defensa de Madrid desde dentro, desde el cuartel general de Miaja, las trincheras o los refugios en los que se apiñaban los madrileños para sortear las bombas de los aviones sublevados. Y lo hace desde el punto de vista de los protagonistas, convirtiéndose en precursor de una forma de contar la historia, dando voz a las personas concretas, que después pusieron de moda historiadores como Antony Beevor.

Manuel Chaves también hizo un análisis crítico y refinado de los motivos de la guerra, de la cobardía de los gobernantes y de cómo (¡oh paralelismos con el presente!) los pater patriae no dudaron en manejar a las masas para sus fines y usarlos como carne de cañón para defender intereses espurios. Nogales avanzó las causas del fracaso de la República: el “terror rojo”, los “paseos” y asesinatos que se produjeron en la ciudad de Madrid en los primeros meses de las batallas, cuando los asesinos vestidos de anarquistas o comunistas, en la impunidad de la noche y del desorden provocado por la guerra, eliminaban a aquellos que consideraban afectos a la sublevación o con ideas cercanas a la derecha.

Junto a esto, el periodista sevillano desveló las luchas intestinas entre anarquistas y comunistas, incapaces de entenderse y remar en la misma dirección. Miaja se esforzó por acabar con estas ejecuciones sumarias, buscando a los asesinos, juzgándolos en los Tribunales Populares y aplicando la pena, si esta era la del fusilamiento. Chaves concluye que la República, sus gobernantes, contrajeron una responsabilidad por no evitar estos hechos que, frente a la Historia, ya no podría indultar al régimen democrático con el que acabaron unos pocos.

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