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La Sierra del Noroeste de Madrid es un lugar mágico y telúrico. Un lugar que ya los antiguos celtas eligieron para sus maravillosas características, casi sagradas. Y no fueron los únicos que se dieron cuenta de ese magnetismo, pues el rey prudente, Felipe II, también lo eligió como sede de su particular templo, que no era sino un grandioso recinto donde esconderse del mundo y fundirse con la naturaleza.
San Lorenzo de El Escorial y sus alrededores, están tomados por una naturaleza y nos permiten campar a nuestras anchas. El pueblo está rodeado de pequeñas y grandes montañas, famosas como el monte Abantos y desconocidas, pero igualmente atractivas, como el pico del fraile. Cualquier ruta puede resultar un paseo maravilloso, visitando la calzada romana o el arboreto de Luis Ceballos. Aunque esto no es lo único que se puede admirar en la zona. Un sinfín de bares y restaurantes alfombran el pueblo. Los hay para todos los gustos, pequeñas tascas, comedores de lujo, coquetos cafés llenos de historia… eso debe elegirlo cada uno.
Pero sin duda, El Escorial, no sólo suena por estos motivos, ni porque es el nombre del pueblo vecino: la Villa de El Escorial, sino porque es un lugar repleto de cultura, mejor dicho, es un lugar donde la cultura se respira con sólo poner un pie en la calle: el Coliseo de Carlos IV (primer teatro cubierto de Europa), la Casita del Príncipe, la Casita del infante, el monasterio de prestado, donde se alojó Felipe II mientras construía su palacio, la Iglesia de san Bernabé… y sobre todo, el famosísimo Monasterio, clasificado por muchos como la octava maravilla del mundo.
El monasterio de San Lorenzo de El Escorial es una obra magistral, perfecta… exacta… un edificio que emana energía y que sobrecoge a quien lo visita, no importa que sea la primera vez o que lo vea todas las mañanas. El monasterio no decepciona nunca. Pero no hablaremos de su magnificencia en este reportaje, porque eso es algo de sobra conocido, algo que uno mismo puede experimentar en cualquier momento. Aquí hablaremos de algo mucho más divertido: sus leyendas. Porque este edificio, precisamente por ser algo tan pragmático y sorprendente, posee una historia propia que va más allá de la Historia del mundo… es la historia popular y sus leyendas, que pueden resultar una de las visitas más entretenidas al recinto.
Hablemos, por ejemplo, de la boca del infierno. Hay quien dice que en la zona había un buen número de minas de hierro, minas cuyos túneles infinitos podían llegar hasta la misma puerta del infierno. Esta creencia popular, que en realidad no tenía ningún fundamento más que el boca a boca, fue fomentada en su momento por el propio Felipe II, cuando, ante las críticas dirigidas contra él por la elección de El Escorial para su monasterio, solía contestar: “Bien, si el diablo no quiere que se haga aquí… entonces aquí es donde debe hacerse”.
Otra leyenda muy graciosa es la de las llaves de Felipe II. Se cuenta que todos aquellos que vivían en el monasterio y que tenían en su poder las llaves de las puertas del recinto debían abrirlas dando hasta tres vueltas en la cerradura, mientras que Felipe II, abría con la misma llave todas las puertas y dando una sola vuelta a la misma. Obviamente, el rey contaba con una llave maestra, pero en aquellos tiempos a la gente le resultaba muy curioso este asunto.
Una de las más divertidas es la de la bóveda plana. Herrera diseñó una bóveda completamente plana, que por otra parte, es la base de la parte frontal del coro, con lo que el peso que debe soportar es considerable. Ante los planos, el rey se negó a que se llevara a cabo semejante proyecto y ordenó al arquitecto añadir una columna en el centro de la propia bóveda. Herrera acató las órdenes del rey y colocó la columna, pero al término de las obras, cuando el rey se presentó para comprobar que todo era de su gusto, el arquitecto se subió a una escalera y pasó una hoja de papel entre el techo y la columna para demostrar al rey que la bóveda no estaba sujetando el peso del techo. A continuación, Herrera propinó una fuerte patada a la columna y la lanzó contra el suelo para concluir diciendo: “¿Veis majestad? Os dije que no se caería”. Y así se mantiene hoy la bóveda que, pese a que muchos visitantes se preguntan si es cóncava o convexa… es plana.
Los ladrillos de oro… ¿Y si fueran de oro los habría dejado ahí Napoleón después de expoliar el resto del monasterio durante la ocupación? No, en realidad no son ladrillos y tampoco son de oro. Son pequeños relicarios de cobre en los que el supersticioso Felipe II guardaba huesos de santos y otros objetos que se creían sagrados, con la intención de proteger su edifico, especialmente de los rayos de las tormentas eléctricas de verano que acababan impactando siempre en las torres. Desde la fachada principal se puede contemplar uno de ellos en el cimborrio, aunque hay muchos otros por todo el edificio. Si bien es cierto que muchos no se pueden ver a simple vista porque han acumulado una gruesa capa de oxido y se han teñido de negro. Con respecto a estos ladrillos, se comenta que vino de visita el embajador de Francia y sugirió a Felipe II que cuidara mejor de su patrimonio y economizara en sus gastos, porque en una obra semejante “le iba a faltar oro y le iba a sobrar piedra”, a lo que el rey contestó años después, durante la siguiente visita: “Mirad y admirad… al final nos ha faltado piedra… y hemos tenido que terminar el edificio con ladrillos de oro”.
La risa de Felipe II, es más un cuento bucólico que una leyenda, puesto que se dice que cuando sonaba la campana grande (La Fa Bordón) se levantan las cigüeñas por el ruido y se alejan crotoreando escandalosamente con sus picos, lo que recuerda a la risa de un rey que en vida se río bastante poco.
Una leyenda en toda regla es la del renegado. Un obrero del monasterio, creyendo en los rumores de que el rey no podría sufragar los gastos de tan magna obra, se hizo con una talega llena de monedas y lanzó al monte con tan mala suerte que en su huída cayó en una ciénaga y se hundió allí con todo el dinero que había robado. También se dice que en el pecado llevó la penitencia.
El Can Cerbero también protagonizó su propia historia. Por lo visto, durante las noches de veía correr por el lugar la figura de un inmenso perro negro que atemorizaba a todos los presentes con sus aullidos. El rey dio orden de capturarlo, pero se creía que era el mismísimo perro que guarda las puertas del infierno, ya que como hemos dicho, ésta era una de esas puertas. Así pues, fue el propio Villacastín, el obrero mayor, quien capturó al dichoso perro para después ahorcarlo en el comedor para que todos pudieran verlo y convencerse de que no era el Can Cerbero.
Las esposas de Felipe II. También se comentó en tiempos que las cuatro mujeres de Felipe II (María de Portugal, María Tudor, Isabel de Balois y Ana de Austria) paseaban, después de muertas, con cirios en sus manos por la lonja del monasterio durante las noches de luna llena. Aunque esto no es más que una gota mas en el sinfín de apariciones que se asegura que pueden contemplarse en la zona. Aquí entra la credulidad de cada uno y las condiciones en que se quieran observar todos estos fenómenos.
Y leyendas como estas hay miles alrededor del monasterio de San Lorenzo de el Escorial, aunque para conocerlas es necesario visitar el lugar y entrar en contacto directo con el edificio y sus alrededores. Este es un paseo que no decepcionará a nadie.
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