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Monasterio del Paular

La cartuja de alabastro que se convirtió en monasterio benedictino

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El Monasterio del Paular, en la sierra de Madrid, es el único que cuenta con un retablo de Alabastro, una exposición de 52 pinturas de Vicente Carducho y la impronta de un rey que fue pionero en la conquista de las Islas Canarias o las relaciones diplomáticas con Asia.

El Monasterio del Paular visto desde el Puente del Perdón | Foto: David Fernández

El Monasterio del Paular visto desde el Puente del Perdón | Foto: David Fernández

A los pies de la sierra Norte de Madrid, en el valle del río Lozoya, el Monasterio de Santa María del Paular sigue vegetando sin llamar demasiado la atención, casi tímido en el arranque de la montaña que lleva hasta el macizo de Peñalara. ¿Quién sabe que este es de los pocos monasterios españoles que cuenta con un retablo tallado en alabastro? ¿O que dispone de 52 magníficas pinturas de Vicente Carducho que relatan la fundación de la orden cartujana, primera habitadora del complejo monástico?

La historia del Paular arranca con el rey Juan I de Castilla (descendiente de la casa Trastámara, la misma de los posteriores Reyes Católicos, que también intervinieron en el monasterio), que puso la piedra inicial, aunque fue su hijo Enrique III quien dio impulso a la cartuja. En 1390, este último monarca decidió construirse un palacio en un rincón donde sólo se oye el rumor del río Lozoya en su interminable trabajo puliendo el pedernal serrano. Y, junto al mismo (que hasta hace poco fue un hotel), un monasterio que encomendó a la orden cartujana. En realidad, Enrique II, padre de Juan I y abuelo de Enrique III, que en su guerra contra Francia había arrasado un complejo religioso cartujo, prometió construir uno en sus territorios, si volvía con vida. Enrique II murió en Santo Domingo de la Calzada sin cumplir su palabra, que, tras varias presiones religiosas, llevó a cabo su nieto.

Merece la pena repasar algunos capítulos de la vida del impulsor Enrique III para valorar su importancia. Fue el primer primogénito de monarca castellano en ostentar el título de Príncipe de Asturias. Además, en 1402 inició la colonización de las Islas Canarias y envió dos embajadas a Samarcanda para acercarse al conquistador asiático Tamerlán, la segunda de ellas dirigida por el famoso Ruy González de Clavijo. Los reinos europeos temían la expansión del poder turco. Así que el Monasterio del Paular no es un centro religioso cualquiera, sino la creación de un rey pionero en muchos aspectos. Y esto dotó de poder a la cartuja, tanto que con sus recursos, que obtenía de una cabaña de 86.000 ovejas merinas, un molino de papel que produjo los pliegos en que se imprimió la primera edición del Quijote, propiedades en Talamanca del Jarama y Getafe, costeó la construcción de otra cartuja esencial en la Historia de España: la de Granada.

Vida cartuajana

Hasta el Monasterio llegaron monjes de de Scala Dei (Cataluña) para poblarlo. La orden cartujana fue fundada por San Bruno en 1084 y en sus inicios se compuso de siete integrantes. Un gran acierto para devolver al monasterio un poco de su raigambre ha sido situar los cuadros del pintor Vicente Carducho en el claustro. Este artista de la época de Velázquez pintó 54 cuadros que cuentan el origen de la orden y sus principales vicisitudes. Fue un encargo del prior Juan de Baeza en 1626 y estuvieron expuestos en el mismo lugar en que se pueden admirar hoy. El Paular continúa en obras, aunque en los últimos años se han invertido más de 20 millones de euros en restauraciones, bien por parte del Gobierno español o de la Comunidad de Madrid.

La desamortización de Mendizábal (1835) exclaustró a los cartujos (al igual que a otras órdenes en toda España) y provocó que la mayor parte de estos cuadros se dispersasen por diferentes instituciones. Dos de ellos se han perdido para siempre durante la guerra civil, pues fueron quemados en Tortosa (Tarragona) por acérrimos a la República. El resto se repartían entre el Museo del Prado y el Museo Provincial de La Coruña. Al final, El Prado se hizo cargo de todos y de su restauración, que costó más de 700.000 euros y finalizó en 2011. Hoy los ha cedido al monasterio para su exposición permanente.

Es recomendable pararse en la muestra pictórica, que ocupa todo el claustro (del que hay que destacar también los relojes de sol de su patio, considerados los mejores de España), para comprender la historia de la orden cartujana. Los cuadros de Carducho son de una sensibilidad máxima, con un estilo muy velazqueño, y desprenden una documentación muy exhaustiva sobre la propia orden, y un gusto máximo por los detalles. Hay una pintura en especial, la del monje asaltado por el demonio y otros monstruos, que es una precursora clara de la obra surrealista de Salvador Dalí, con cuatrocientos años de diferencia.

Inquilinos benedictinos

La desamortización del siglo XIX hizo que el Monasterio del Paular pasase a manos privadas, aunque el Estado lo volvió a comprar y lo declaró Monumento Nacional en 1864. El hecho de que ninguna comunidad religiosa se encargase del mismo hizo que se deteriorase y que fuese usado por los habitantes de la zona como establo para el ganado, entre otros menesteres. La llegada de los franceses durante la Guerra de la Independencia tampoco ayudó a mantenerlo en perfectas condiciones.

Hoy ya no viven cartujos en sus celdas, sino monjes benedictinos. En 1954, el Gobierno de Francisco Franco ofreció a los cartujos hacerse cargo del inmueble, pero rechazaron la propuesta por el estado que presentaba. Al final, la orden benedictina, con miembros venidos del Monasterio de Valvanera (La Rioja), accedió a ocupar y cuidar el mismo a cambio de la cesión en usufructo. Hoy son ocho monjes que siguen la regla de San Benito los que pueblan este escondido reducto de paz, que todavía guarda algún secreto más.

Vista del retablo de alabastro de la iglesia del Monasterio del Paular | Foto: Beatriz de Lucas

Vista del retablo de alabastro de la iglesia del Monasterio del Paular | Foto: Beatriz de Lucas

El primero es el retablo tallado en alabastro y policromado, del que se desconoce su fecha de creación, aunque los estudiosos la han fijado mayoritariamente a finales del siglo XV. Tampoco se sabe nada de sus autores, sólo que procedían de la escuela de Juan Guas, arquitecto de los Reyes Católicos y director de una parte de las obras que dieron la forma actual al monasterio. El retablo se trata de una pieza única en las iglesias del antiguo reino de Castilla, ya que este tipo de ornamento solía tallarse en madera (en el reino de Aragón sí los había en alabastro). Cuenta con 16 escenas que representan la vida, muerte y resurrección de Jesús. El estado de abandono del monasterio y el uso como establo por los pastores fue ennegreciendo este retablo, que ha sido restaurado para devolverle sus colores originales.

Detalle del retablo de alabastro del Monasterio del Paular | Foto: Beatriz de Lucas

Detalle del retablo de alabastro del Monasterio del Paular | Foto: Beatriz de Lucas

El segundo de los detalles que no hay que dejar escapar es el Transparente, obra de Francisco Hurtado, que también se encargó del de la Cartuja de Granada. Situado en la parte posterior del retablo y desprende una espectacularidad que sólo el barroco ha sabido dar al arte. A diferencia de otras congregaciones religiosas, los cartujos dejaban el Santísimo (la hostia consagrada que representa la encarnación de Jesús) en un lugar externo a la basílica. Con ese fin crearon el Transparente, que se reformó en 1718 y es la versión que se puede ver hoy. Se compone de un tabernáculo de forma octogonal, donde se custodia el Santísimo y de la antesala, que da acceso a varias capillas. La construcción es impresionante, compuesta de mármoles de Priego, Cabra y Córdoba, y las siete ventanas superiores garantizan que la luz de vida a todo el conjunto.

El Transparente del Monasterio del Paular | Foto: Beatriz de Lucas

El Transparente del Monasterio del Paular | Foto: Beatriz de Lucas

Aunque el Monasterio del Paular tiene más detalles, todavía se pueden destacar dos más. El primero es la sillería del coro, tallada en el siglo XVI por Bartolomé Fernández y que traemos a colación porque en 1883 se trasladó a la basílica de San Francisco el Grande, en Madrid. En 2003 volvió a ocupar la zona anterior al retablo. Por otro lado, algunas de las estancias del monasterio se encuentran adornadas con cerámicas de Talavera de la Reina (Toledo).

Cómo llegar al Monasterio del Paular y qué más ver

Al Monasterio de Santa María del Paular se puede llegar por carretera. La mejor vía es la Autovía A-1, que hay que abandonar a la altura de Lozoyuela para seguir en direción Pinilla y después Rascafría. Desde el extremo Oeste de Madrid se puede llegar al monasterio a través de la carretera de Navacerrada hasta el puerto de mismo nombre y después tomar la carretera M-604, que desciende hasta el valle del Lozoya y Rascafría.

Puente hacía Rascafría que cruza el río Lozoya | Foto: David Fernández

Puente hacía Rascafría que cruza el río Lozoya | Foto: David Fernández

Además del monasterio hay otras actividades que hacer:

  • Pasear por el Puente del Perdón, que cruza el río Lozoya.
  • Seguir una de las sendas que conectan el monasterio con Rascafría.
  • Llegar hasta las Cascadas del Purgatorio, que dan agua al arroyo Aguillón.
  • Darse un baño en las presillas, unas piscinas naturales acondicionadas. Lo mejor es entrar desde el Puente del Perdón, siguiendo el camino, ya que no nos cobrarán entrada.
  • El pueblo de Rascafría, pequeño, pero coqueto.

Para ampliar la información y conocer sus horarios, se puede consultar la página web del Monasterio del Paular. La entrada para visitar el complejo no es gratuita y en el momento de escribir esta información (2015) costaba 3 euros.

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